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Fernanda Cano | ||||||
A partir de la historia de cada lector se teje una trama que lo vincula con la literatura. La autora reflexiona sobre la historia de las prácticas de enseñanza de la lectura y escritura para abrir un horizonte posible.
A la manera en que el escritor italiano Ítalo Calvino inicia su novela Si una noche de invierno un viajero(1), me gustaría comenzar este artículo invitándolos a pensar en su propia experiencia como lectores.
No será esta una novela, claro está; pero sí hablaremos de literatura. Como lectores, entonces, tenemos una historia y, también, algunas experiencias con los libros. Una cierta relación con la literatura ha comenzado a tenderse y, guiados por el deseo, las inquietudes o el interés hacemos de ello una profesión y nos convertimos en docentes de literatura. Somos docentes en una escuela y la literatura, aquel arte de las siestas y las veladas nocturnas, se convierte en un currículum que hay que enseñar a otros. Las dudas, los interrogantes son otros; los conflictos, las decisiones cambian. Incluso los modos de leer son otros, las maneras de acercarnos a los mismos libros difieren. Sobre estas cuestiones hablaremos en las páginas que siguen. Sin olvidar, si tal cosa es posible, ese mundo que forma parte de nuestra historia como lectores al que nos hemos retirado, por un rato, en esta introducción.
El currículum, el canon y las grandes maquinarias de lectura La literatura es un arte, una experiencia estética que desborda el ámbito escolar.
Es, también, un modo de acercarnos a otra forma del saber, a temas que en el discurso literario emergen y se configuran con una sintaxis, unas palabras y unos sentidos propios. Ya se considere desde la función estética o poética, ya desde su carácter ficcional, la literatura es un exceso. Colocada en el ámbito escolar, la literatura parece requerir de unos discursos que la controlen, que habiliten ciertas lecturas y no otras, ciertas prácticas y no otras, ciertos sentidos. Analizar esta problemática implica distinguir una serie de aspectos que convergen cuando la literatura entra en el ámbito escolar, aspectos necesariamente vinculados entre sí y donde nuestras decisiones e intervenciones en uno u otro de esos aspectos producen, sin duda, efectos, consecuencias, habilitaciones o clausuras.
Por otro lado, podemos detenernos en un segundo aspecto que atraviesa la enseñanza de la literatura: los marcos teóricos que sustentan ciertos modos de leer, algo así como las grandes maquinarias de lectura. Al recorte de qué se lee se suma, ahora, qué se dice sobre lo que se lee, qué es necesario que un alumno aprenda sobre literatura (en todo caso, podríamos preguntarnos, también como lectores, qué es saber sobre literatura). La retórica y la historia de la literatura fueron, cada una a su tiempo, los grandes paradigmas teóricos hegemónicos que dominaron durante el siglo XIX y gran parte del siglo XX el campo de la enseñanza(3). Brevemente, podemos decir que la selección de textos literarios (casi siempre “escogidos” y considerados como “modelos a imitar”) propuesta desde la perspectiva de la retórica se reemplazó por una sucesión de individualidades (“consagradas y representativas”, presentadas a través de sus biografías) desde la perspectiva de la historia de la literatura, haciendo a un lado el carácter histórico concreto de las prácticas literarias. Los cuentos, las novelas, las poesías, se leían bien para buscar figuras retóricas, bien para constatar la vida de un autor y del uso del tratado de retórica se pasó, así, al manual de historia literaria(4). La literatura, entonces, es ya un objeto de estudio y sobre ella es posible un saber descriptivo, objetivo y transmisible con facilidad; saber sobre literatura es saber una serie de términos retóricos o una serie de datos históricos. Hacia mediados del siglo XX, la teoría literaria aporta algunos conceptos nuevos para hablar sobre la literatura, básicamente, a partir de las investigaciones y propuestas del formalismo ruso y el estructuralismo francés, que permiten pensar lo específico de la literatura, lo que los formalistas llamarán la “literaturidad”. A partir de estos nuevos paradigmas, ingresan las nociones de narración, perspectiva del narrador o punto de vista, historia y discurso/relato, tiempo del relato, entre otras. Sin embargo, la entrada en el ámbito de escolar de esas nociones se produjo a la par de la reforma educativa de la década del 80. Junto con ella, hizo su ingreso en el currículum escolar la lingüística textual y su consideración de la literatura como “un discurso social más”, lo que se tradujo en un notable encogimiento de eso que llamamos literatura. "Quizás habría que pensar qué saberes de la retórica, de la historia literaria, de la teoría nos resultan útiles para pensar sobre la literatura." Por último, tenemos los materiales que rodean la enseñanza de la literatura y, a través de los cuales, se tramita: manuales y libros de texto, antologías, cuadernillos y libros destinados a la formación de docentes y de alumnos. Aquí, los textos suelen acompañarse con una serie de consignas de lectura que promueven diversos modos de leer. Así, se distinguen consignas que ponen en juego la comprensión (que funcionan como una suerte de constatación de lectura del texto), el análisis (que proponen el reconocimiento de los procedimientos y los recursos utilizados, aunque en ocasiones centran su atención en verificar o, incluso, aprender las mismas categorías de análisis) o la interpretación (que promueven la búsqueda de sentido en un texto, la elaboración de una lectura). Otras propuestas vinculadas a la interpretación, suponen la lectura comparativa de textos que trabajan un mismo tema en diferentes épocas o abordado por diversos autores de literaturas de distintas nacionalidades. O bien, se promueve la comparación de textos literarios diversos dentro de un mismo género o entre géneros diversos. Al vincular literaturas de distintas nacionalidades, comparar versiones de un mismo texto en géneros diversos o variaciones sobre un mismo tema se promueve tanto el análisis como la interpretación de lecturas dentro de un universo más amplio, el la cultura, al mismo tiempo que se hace a un lado el recorrido cronológico o histórico casi siempre fijo o cristalizado. La lectura, podríamos decir, adquiere movimiento, flexibilidad (de una manera similar a como nosotros, simplemente lectores, nos acercamos a los textos). 3Gerard Genette analiza el pasaje de una tradición en la enseñanza de la literatura basada en la retórica a una modalidad historiográfica. Parte de una curiosa adivinanza citada por Flaubert en su correspondencia: “¿Cuál es el personaje de Molière que se parece a una figura retórica? - Es Alceste porque es misántropo.” La anécdota es el puntapié inicial del teórico francés para desandar un siglo de enseñanza de la literatura (Genette, Gerard, “Retórica y enseñanza”, en: AA. VV., Literatura y educación, CEAL, Buenos Aires, 1992). 4En “Reflexiones sobre el manual”, Roland Barthes señala la ilusión que crea el manual al propone que, en su interior, se encuentra toda la literatura. R. Barthes, El susurro del lenguaje, Paidós, … El aula, las prácticas de lectura y las prácticas de escritura Si pensamos la escuela como un escenario donde el intercambio de lecturas es posible, surgen prácticas de lectura posibles, basadas en una concepción del docente como mediador, y prácticas de escritura, centradas en la metodología del taller de escritura y haciendo hincapié en la invención y la creatividad. Seguramente, fue necesario que se modificaran los conceptos mismos de autor5, de lector y de la escritura misma para que otras prácticas puedan ser, al menos, pensadas, propuestas que, por otra parte, permiten ligar nuestro hacer como docentes y nuestro hacer como lectores. Se trata de experiencias que proponen la formación de lectores y que inician a los alumnos en una práctica de la escritura literaria. "Leer es siempre una aventura, una práctica que (incluso etimológicamente) se abre a lo que vendrá"…"Escribir también es una aventura. No sabemos qué viene después." Escribir también es una aventura. No sabemos qué viene después. No sólo si consideramos propuestas más libres de escritura sino incluso en aquellas más pautadas (Reescribir el cuento narrado desde la perspectiva de la protagonista y en primera persona, por ejemplo). Las posibles resoluciones son variadas: podemos ensayar algunas, privilegiando distintos aspectos del cuento; podemos no lograr resolverla más allá del cambio de unos cuantos pronombres y verbos. Podemos escribir un cuento que nunca hubiéramos imaginado o terminar con una versión demasiado parecida a la original. Sin duda, luego de pelearnos, agradecer, enojarnos con los diccionarios que no traen la palabra que buscamos, con otras lecturas y con innumerables ideas que, casi siempre, se contradicen. Todo eso nos pasa cuando escribimos, mientras tachamos, pasamos en limpio, pulsamos "enter" o llenamos un cesto de papeles. Todo eso forma parte de las estrategias que intentamos cuando escribimos. Si una mañana de invierno, un docente comienza su clase leyendo un poema, un cuento, una novela, tal vez, un alumno inicie su historia como lector recordando una escena en el aula, acompañado de otros compañeros y ligeramente abstraído por la voz que va enhebrando una historia a pesar del frío. 5Los paradigmas teóricos de la retórica y de la historiografía se vinculan directamente con una concepción romántica de la literatura: el autor es el “creador” de la “obra”. Es quien “da el sentido” al texto y al lector le resta “develarlo”. Por su parte, las propuestas que promueven el contacto directo con los textos literarios están emparentadas con una nueva concepción de lector, entendido como un sujeto activo, capaz de leer otros sentidos. |
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